(...) La cuestión que se plantean los críticos con las políticas de la memoria es precisamente si la sacralización de esos monumentos protege y subraya la dignidad de las víctimas o, por el contrario, acaba convirtiendo su recuerdo y su muerte en liturgias vacías, como ilustra la expresión “como quien oye misa”, referida a quienes no prestan atención a lo que se dice, o como sucede con la cruz.La inmensa mayoría de los creyentes que llevan una colgada al cuello no piensan que es la representación de un instrumento de tortura y ejecución y que, stricto sensu, equivaldría a llevar colgada la imagen de una horca, una guillotina o una silla eléctrica. El símbolo ha perdido contacto con lo simbolizado, por eso adquiere otras connotaciones y puede inspirar sosiego y consuelo. Sin embargo, siguiendo la lógica del Yolocaust de Shapira, los portadores de cruces estarían banalizando el sufrimiento de miles de condenados en el siglo I. (...)
Fonte | El País
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