El 28 de febrero de 1571 Michel de Montaigne cumplió treinta y ocho años, abandonó su vida pública, en la que había llegado muy lejos, trasladó su biblioteca de mil volúmenes al torreón que despuntaba en una de las esquinas de su heredad, se encerró en él de por vida y tomó la decisión de pasar el resto de ésta escribiendo ensayos acerca del único asunto que le parecía interesante: él mismo. Fue ése uno de los momentos estelares, como diría Zweig, de la historia del pensamiento, pues a partir de tan drástica y lúcida decisión comenzó a volar alto, muy alto, y terminó convirtiéndose en lo que ya nunca dejaría de ser: un magister, un sabio, un auriga del nosce te ipsum y, a mi juicio, y al de muchos, uno de los diez escritores más grandes que el mundo ha conocido. (...)
Fonte | El Mundo
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